Buenas tardes a todos. Sean muy bienvenidos hoy. Nos reunimos en este día para rendir homenaje a los inmigrantes que viajaron desde Japón para establecerse en Brasil. Nuestros abuelos tomaron la gran decisión de dejar su patria y trasladar a sus familias a una tierra desconocida. Esa valiente “decisión” define la esencia de nuestras vidas actuales.
En la era materialista de hoy, las actividades religiosas pueden parecer, a primera vista, carentes de valor práctico, un desperdício de tiempo y un gasto costoso. Sin embargo, la esencia de la religión no radica en lo material, sino en encontrar valor en lo “espiritual”. Creemos firmemente que existe un mundo de paz y descanso donde habitan quienes han dejado este cuerpo físico; es precisamente esta certeza la que nos permite vivir con tranquilidad en este mundo. Se suele hablar del cielo y del infierno después de la muerte. Tal vez, físicamente, no haya nada. No obstante, es un sentimiento noble y correcto desear que quienes fueron importantes para nosotros disfruten de paz y bienestar eterno, en lugar de creer que simplemente “no hay nada”.
La nobleza del espíritu y del alma humana no se mide por la cantidad de sufrimientos que hemos soportado. Lo verdaderamente crucial es nuestra capacidad para compartir la tristeza de los demás; a esta empatía suprema la llamamos el corazón del Buda, conocido como “compasión” (Omoiyari). Decidir acercar nuestro corazón al del Buda puede parecer una tarea sencilla, pero requiere la energía necesaria para transformar por completo el rumbo de nuestra existencia. Sin embargo, es precisamente por esta gran transformación que constituye un acto noble que merece todo nuestro esfuerzo. ¿Cuánto tiempo nos queda en esta vida transitoria? Espero sinceramente que despertemos cuanto antes a una existencia llena de compasión mutua, preservando así la verdadera dignidad humana.