Buenas tardes a todos. Así como las aguas de la represa, visibles desde este salón principal, recuperan su belleza tranquila en las mañanas brumosas de invierno, que nuestros corazones también hallen serenidad en esta temporada de recogimiento y reflexión.
Es común recibir en el templo a personas que cargan con una profunda tristeza. Hace algunos años, un hombre que había perdido a su amada esposa vino a buscar consuelo. Había trabajado arduamente durante toda su vida, entregándose por completo a su profesión, a su comunidad y, por encima de todo, a su familia.
“Cuando llega el invierno, la nostalgia por mi esposa se vuelve casi insoportable”, confesó con el corazón oprimido por el dolor. “Ella se ha ido y descansa bajo la tierra fría, mientras que yo sigo aquí sintiendo el calor del sol… Sentir esto me causa una pena muy grande”.
El monje lo escuchó con profunda compasión y le respondió serenamente: “Es verdad que su esposa ya no está físicamente presente. Sin embargo, este mundo que ella tanto amó y al cual dedicó su vida con esmero, sigue rodeándolo con amor. Cada rayo de sol y cada gota de lluvia forman parte de la vida que ella ayudó a construir. Su sonrisa no se ha apagado; tenga por seguro que continuará brillando con fuerza dentro de su corazón”.
Luego, el monje compartió con él estas palabras: “Echemos raíces firmes en la tierra y vivamos junto al viento. Crucemos el invierno como las semillas bajo el suelo, y cantemos a la primavera junto a las aves”.
Así como una pequeña semilla guarda en su interior la promesa de una nueva vida que florecerá en la primavera, nosotros también llevamos en el corazón la memoria y el amor de quienes han partido. Es necesario encontrar la fuerza para seguir adelante, tal como la naturaleza se renueva después del invierno. El dolor de la pérdida es un proceso natural, pero las enseñanzas de Buda nos recuerdan con ternura: ‘Nunca es demasiado tarde’ para encontrar la paz interior. El pasado no se puede cambiar, pero sí podemos transformar nuestro futuro honrando el recuerdo de quienes amamos y viviendo cada día con plenitud y gratitud.
Si vemos a un compañero transitando por el invierno de su dolor, acerquémonos a ofrecerle palabras de aliento y consuelo. Al brindar ese apoyo, sanamos también nuestro propio corazón. Reunirnos hoy aquí para orar y reflexionar juntos nos ofrece una oportunidad invaluable para trascender las diferencias de idioma y cultura, compartiendo nuestras penas y abrigando nuestras almas. Deseamos que este templo sea un refugio de paz, acogida y esperanza para todos ustedes. Al rendir homenaje a nuestros seres queridos que han partido, fortalezcamos nuestro espíritu y sigamos adelante con una renovada esperanza.