Hoy contemplamos con reverencia la imagen sobre la cual vertemos el té dulce (Amacha). Representa el nacimiento de Shakyamuni, el fundador del budismo. La tradición nos dice que, al nacer, señaló hacia el cielo y hacia la tierra, declarando: “En los cielos y en la tierra, el único capaz de convertirse en Buda es el propio ‘yo’ (Ga)”. Esta es la profunda verdad que Shakyamuni nos reveló.
Como seres humanos, experimentamos dolor cuando tenemos hambre y nos sentimos ansiosos cuando nuestros recursos disminuyen. No importa lo que suceda, nos resulta casi imposible dejar de pensar en términos de “mí, conmigo y para mí”. En el mundo secular, a este egocentrismo se le llama “ego”, algo que a menudo se nos enseña que debe ser reprimido o corregido. Sin embargo, en realidad, esa vulnerabilidad es la forma natural de nuestra vida; es el metabolismo inevitable de nuestra existencia.
Donde hay una luz fuerte, siempre se proyecta una sombra densa. El ser humano no puede vivir únicamente brillando en todo momento. No necesitamos pasar la vida persiguiendo obsesivamente una pureza o una perfección moral artificial. Al contrario: es justamente dentro de este “yo” egoísta y problemático, esta hendidura en el alma que parece imposible de llenar, donde se abre el camino.
Cuando finalmente nos rendimos ante nuestra propia imperfección y nos damos cuenta con total honestidad: “Ah, solo puedo ser quien soy”, ocurre una maravillosa transformación. Es en ese preciso instante de rendición cuando la luz de la compasión del Buda se desborda y llena por completo ese vacío. Y, tal como somos, con todos nuestros defectos, nos volvemos uno con el Buda. A este abrazo absoluto lo llamamos salvación.
La dulzura suave del Amacha representa las bendiciones de los Dioses Dragón derramadas desde el cielo. Simboliza una alegría pura por haber encontrado este mundo y esta existencia exactamente tal como es: imperfecta. Conservemos este “yo” imperfecto con gratitud en el día de hoy, valorando juntos este día de reflexión. Namandabu.